Introducción

La pregunta «si la realidad es una, ¿por qué la dividimos en disciplinas?» encierra una trampa: presupone que la unidad de la realidad debería traducirse en unidad del conocimiento. Mostrar por qué esa inferencia no se sostiene exige separar lo que se une de lo que se divide.

1. Tres sentidos de «unidad»

La palabra «unidad» designa aquí tres cosas distintas que suelen confundirse: la unidad ontológica (afirmar que la realidad es una), la unidad epistemológica (afirmar que hay un solo método para todo) y la unidad organizativa (afirmar que hay una sola disciplina que lo abarca todo). La primera es una tesis metafísica de trabajo; la segunda es falsa; la tercera, además de falsa, indeseable.

El punto lógico consiste en que de la unidad ontológica no se sigue ni la epistemológica ni la organizativa. La realidad puede ser una y, sin embargo, ser conocida por métodos distintos y desde aspectos distintos. La razón es la finitud del intelecto: se conoce lo real sucesivamente y por aspectos, no de golpe. Por tanto, las disciplinas no dividen la realidad — que permanece una —, sino el modo de acceso de un intelecto finito a esa realidad. La pluralidad disciplinar es un hecho del sujeto que conoce, no una fractura del objeto conocido.

2. Génesis histórica de las disciplinas

La organización disciplinar tiene una historia y no es un dato natural.

Aristóteles (Metafísica E.1, 1025b–1026a) distinguió ciencias teóricas, prácticas y productivas, jerarquizadas y coronadas por la filosofía primera — la teología — como ciencia de las causas primeras; la unidad funcionaba como ideal arquitectónico, pues las ciencias se diferenciaban por objeto y método, pero se ordenaban todas a una ciencia suprema. El trivium (gramática, retórica, dialéctica) y el quadrivium (aritmética, geometría, música, astronomía) conformaron las siete artes liberales; el término quadrivium se atribuye a San Boecio («una suerte de camino cuádruple»), y no eran materias sueltas sino vías ordenadas a un fin común. La universidad medieval articuló cuatro facultades — Artes, a nivel inferior, y Teología, Derecho y Medicina, a nivel superior —, y garantizaba la unidad del saber por la primacía de la teología: San Buenaventura, en De reductione artium ad theologiam («La reducción de las artes a la teología», c. 1255), muestra cómo todas las artes «se reducen» a la teología como a su principio. La revolución científica (siglos XVI–XVII) autonomizó la física con método propio; la universidad de investigación (modelo Humboldt, siglo XIX) institucionalizó la especialización; y la fractura entre ciencias y humanidades fue descrita por C. P. Snow en The Two Cultures («Las dos culturas», 1959). Por último, la transdisciplinariedad (Piaget, 1970; Nicolescu, Carta de 1994) propone lo que está «entre, a través y más allá» de las disciplinas, aun advirtiendo — como hace Nicolescu — de convertirla en una «hiperdisciplina» que las sustituya: «no hay transdisciplinariedad sin disciplinariedad».

3. Qué justifica la división

La división disciplinar responde a dos hechos: la pluralidad de objetos — o de aspectos de un objeto — y la pluralidad de métodos que esos objetos exigen. Ninguno de esos hechos contradice la unidad de lo real; más bien la presuponen, pues que distintos métodos converjan sobre un mismo mundo es señal de que existe un mundo abordado por lados distintos.

Conviene por ello distinguir tres uniones que no se implican entre sí: la unidad del objeto (lo real, legítima), la unidad del método (ilegítima) y la unidad de la organización (instrumental, no ontológica). Solo la primera es un dato. Las otras dos son decisiones que no se derivan de la primera.

4. Límites de la idea de «unidad del conocimiento»

La unidad del conocimiento es un ideal regulador, no un estado poseído por un intelecto finito. Dos riesgos acechan a quien la absolutiza.

El primero es la hiperdisciplina: pretender una «ciencia de las ciencias» que lo abarque todo aplanaría la diversidad de métodos y objetos y podría convertirse en un nuevo dogmatismo. El segundo tiene raíz histórica: la unidad medieval se sostenía por la subordinación a una ciencia suprema, la teología, y una unidad moderna no puede asumir esa forma sin decidir un fundamento que hoy es objeto de disputa.

La especialización no es, pues, un defecto a abolir, sino una condición del acceso finito a lo real. Lo que sí es un defecto consiste en convertir la división instrumental en frontera ontológica: en tratar las disciplinas como territorios sellados que olvidan que estudian la misma realidad.

Conclusión

La división en disciplinas no contradice la unidad de la realidad; la expresa bajo la condición de la finitud. Distinguir la unidad ontológica, la epistemológica y la organizativa permite afirmar la unidad de lo real sin negar la pluralidad legítima de métodos. La forma en que esta distinción opera en la metafísica del hacer humano se estudia en Crear, hacer e imitar la naturaleza; un caso concreto de integración entre dominios puede verse en Leonardo da Vinci y la polimatía.

Referencias

Fuentes primarias

  • Aristóteles, Metaphysica E.1 (ed. Bekker), 1025b–1026a.
  • San Boecio, sobre el quadrivium (atribución del término).
  • San Buenaventura, De reductione artium ad theologiam (c. 1255).
  • Comte, A., Cours de philosophie positive; Snow, C. P., The Two Cultures and the Scientific Revolution (1959).

Fuentes secundarias

  • Nicolescu, B., Manifesto of Transdisciplinarity (1985) y Charter of Transdisciplinarity (1994).
  • Bernstein, J. H., «Transdisciplinarity: A Review of Its Origins, Development, and Current Issues» (2015).